martes, 3 de abril de 2018

4. Un relato sin adjetivos

Hombre, sombrero y manchas. Mide algo más de 180 centímetros de alto y viste una gabardina con cuello. La piel le reluce bajo la luz de las farolas, que le tiñen la piel con un resplandor conforme pasa bajo ellas. Al colocarse debajo, cierra los ojos con la sensación de que la luz va a atravesarle la piel de un momento a otro; siente cómo le calienta las manos. Siente que va a desvanecerse de un momento a otro convertido en fragmentos de polvo y de hueso. Como un cometa. De esta forma surgen a su vez en las baldosas del suelo, sombras con las que también se deleita, al verse convertido en una sombra que lo abarca absolutamente todo en ese callejón. Esos trocitos de sí mismo que ha perdido al transformarse en sombra son los mismos que le hacen perder la identidad con esa forma como de andar por casa, es lo que piensa. Y al tiempo, no sentir culpa de ser solamente un tipo con gabardina integrado entre las sombras, que teme a la luz del día y que se disfraza de detective para poder justificar sus propósitos, con cierta falta de ortodoxia, por otro lado.
Hoy tampoco sonará el jazz en el bar de Railey y volveremos a casa antes. Quiere pensar que su estado de embriaguez lo disfraza y lo humilla hasta que deje de parecer sujeto de peligro. Ojalá tuveira un taxi - suspira - o un sitio con decencia para poder dormir. Los taxis siempre le han gustado. Su padre condujo uno durante décadas y le enseñó a defenderse de los chulos y los maleantes, y la comodidad que rezuman ciertos taxis, sobre todo cuando se pasa cierto tiempo sin dormir.
En realidad, no hay tragedia en dormir a los pies de una farola. La miseria entre los coches y él está equilibrada. Quizá con un poco de suerte mañana también haya jazz. Nadie puede prever esa música. Es como la muerte.

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