martes, 6 de marzo de 2018

2. Tu peor noche desde el final hasta el principio



Parecía que me estaban pateando el cráneo. El efecto de la marihuana me mantenía con un pie en el suelo para mantener el único contacto posible con la realidad y el alcohol había convertido mi boca en un estropajo que me daba náuseas. Lo primero que fui capaz de hacer fue intentar reconocer donde estaba. Enseguida lo supe. Todo lo que quedaba de mi sombrero se había convertido en un cubo de vómito que me miraba desde el suelo y me hacía entender por qué estaba tan limpio. Todo que ver con la marihuana. Nada que ver con el grupo de nazis sangrando después de haberse bebido dos copas cada uno. Todo que ver con las botellas de vino barato que había estado bebiendo durante horas mientras hablaba de lo mucho que odiaba mi trabajo. Odiaba mi trabajo y lo sigo odiando, pero he vuelto a escribir después de muchos meses en los que me limitaba a hacer artículos sobre comida rápida y hoteles de mierda que ni siquiera me dejaban dormir allí del todo gratis.
La marihuana la tenía un tipo que había conocido esa misma noche. Llevaba sin fumarme un canuto desde los 20 años, una vez que quería ligar con una chica del periódico en el que estaba trabajando de voluntario escribiendo relatos semanales. No sé en qué pensaba del todo cuando me puse a fumar, porque con veinte años ni siquiera conseguí ligar con aquella chavala aparte del hecho de que me dejara la cara como un cristo. Recordé una frase que había leído en un relato sucio.“Days like lost dogs”. 
(...)
Apuré el cigarro como si no hubiese probado uno durante años, a pesar de que solamente habían pasado unas horas del último. Tenía que entregar un relato antes del fin de semana y aún no había escrito nada. El trabajo me mantuvo con suficiente fijación mecánica a una maquinaria para que pudiera pensar en cómo resolverlo. Solamente tenía que meter las manos en una máquina, usar un pedal, y coser kilómetros de tela y saber cuándo cortarla, en una nave congelada, rodeada por máquinas iguales con hombres con las mismas pintas.
Me metí en un sitio a tomarme una copa de vino, por si me refrescaba la cabeza un poco y encontraba la inspiración y la tranquilidad que buscaba. Descorrí una cortina pesada para entrar a un local. Llegué allí de casualidad, con pocas indicaciones, y llevado por el cansancio del trabajo y la necesidad de escribir, como digo. Sonaba de fondo otra cortina, de música jazz, mucho más tenue, y con voces femeninas y rasgadas. En las paredes había grandes reproducciones de cuadros que llevaban inmóviles décadas y en los estantes del local, estatuillas decorativas de todas las clases, con perros de porcelana que movían la cabeza y algunos libros con portadas desvencijadas y fotos con viejos amigos, con capas de polvo que pasaban el tiempo sin inmutarse.
Suspiré y me senté en una de las mesas. El local estaba completamente vacío cuando entré; entendí que seguramente podía deberse a que coincidía el que abrieran a que yo hubiese salido de trabajar. De hecho ni siquiera había podido darme una ducha en condiciones, aunque me mantenía lo suficientemente acondicionado para no ahuyentar a mujeres y conversadores, pero la sensación de soledad se hacía aún más grande al hacer estas consideraciones.
No había una barra como tal, sino una encimera y un mostrador, que recordaba a una charcutería de los años 60, y en su interior, junto al equipo de música, un hombre fumando un purito mientras leía un gran periódico con toda la calma del mundo. Levantó la vista y se me quedó mirando. Se tomó el mismo tiempo para atenderme que había tomado para pasar las páginas del periódico. Llenó dos copas de vino tinto sin levantar la vista del papel y me preguntó si la música me parecía bien. Asentí, no sabiendo muy bien si servía para algo darle algún tipo de señal. Todo el día estresado me hacía imposible escribir nada de lo que después no fuera a arrepentirme. En su lugar, decidí que era buena idea, ya que había cobrado por una vez a tiempo, gastármelo como habría hecho Arthur Seaton en la mayor cantidad de alcohol posible, para intentar redimirme de algo que odiaba tanto como las máquinas de coser de una cadena de producción. Pensar en ligar con una mujer en circunstancias como estas me parecía trabajo imposible, así que cargué sobre mi espalda las suficientes copas para aclimatarme y, como mínimo, ser capaz de saludarlas sin parecer un gilipollas.
Entretanto, el barman había dejado de leer el periódico y se había puesto a prepararme una tapa, con un palillo en el bolsillo. Mantenía su estilo primigenio. Lo habría mantenido incluso si llevase una de esas gorras de charcutero de los años 60. Se veía mucho más comunicativo que cuando entré. Me pregunté si me habría estado leyendo la mente, porque llevaba un rato mirándome de forma intermitente. El plato hecho, me hizo un gesto para que me acercara a la barra, en lugar de venir hacia mí. Durante unos segundos, tuve la sensación de haber olvidado cómo se andaba derecho, pero llegué allí con más decencia y gracilidad de la esperada.
  • ¿Se encuentra bien, caballero? Esto es para usted.
Me limité a asentir y empecé a comer con fruición hasta darme cuenta de que después de toda la tarde currando no había tenido tiempo de comer absolutamente nada. Con suerte empezaría a filtrar todo el alcohol un par de horas más tardes de lo que me había imaginado. Metido entre vino y charcutería clásica empecé a verme capacitado para poder articular más de dos palabras. Mis ojos fueron a parar a los cuadros que he mencionado antes, con mujeres Klimtianas y algunos de sus cuadros más famosos, pósters de exposiciones de artistas contemporáneos de entonces que se habían convertido en pequeñas reliquias.
  • ¿De dónde ha sacado esos cuadros? Parecen muy antiguos.
  • Una casa de subastas. Hace bastantes años, cuando era tan joven como lo es usted ahora. Por aquel entonces, las obras que se vendían eran de primera categoría. Nada que envidiar a las casas de subastas inglesas o americanas. Sotheby’s era un parque de juegos para niños de tres años y Klimt un aficionado al que le gustaba usar el dorado y las mujeres. Con tantas reproducciones hoy día el valor que esto pudiera tener se ha perdido hasta no tener ninguno prácticamente. Pero supongo que queda bien aquí. ¿Le gusta?
Mis únicos sonidos eran los que hacía al masticar lonchas de embutidos con las manos y al tragar el vino, del que me había bebido otras tantas copas, esta vez sin inmutarme. El barman volvió a encenderse un purito y me invitó a fumar con él. Creí haberme desinhibido lo suficiente como para poder hablar sin que pareciera un niño pequeño.
  • Le dan un aspecto elegante. De verdad se lo digo.
  • No hace falta que me lo prometa. Seguramente sea la cosa con más valor de las que hay aquí, como digo.
  • ¿Y por qué no los quita?
  • Porque tengo esperanza de que sean de esas cosas que se solucionan en algún momento. Tengo dos teorías. La primera, que la sobreexplotación de imágenes las hará desaparecer en algún momento, y tendrán que quedar documentos que ayuden a poder recuperarlas. La segunda, que se crearán nuevas imágenes por la necesidad de las nuevas generaciones, y Klimt volverá a parecer un aficionado al que le gustaba usar el dorado. Y a las mujeres.
Se hizo el silencio de nuevo, esta vez no por incomodidad, sino porque empezaron a llegar nuevos clientes. Habituales, a juzgar por los andares, la confianza y las pintas. Se acercaron a la barra y encaramándose a ella, se fueron colocando a mi alrededor. Uno de ellos vestía un gorro marinero y un pañuelo de capitán de barco, además de barba gris y larga, desaliñada, que le ocupaba gran parte de la cara. El otro, sin gorro y con camisa de cuadros remangada hasta los codos, se encendió un cigarro y pidió una copita de coñac. El tipo del bar me presentó, y después, fueron ellos. 
El del sombrero marinero se llamaba Jero, el de la camisa de cuadros ni idea, pero lo llamaban Billy el Niño por la cara de pillo que tenía a pesar de la edad, y el barman, Guillermo, aunque lo llamaban Su santidad por Guillermo de Baskerville y el parecido de ambos personajes, viviendo como si fueran dos monjes perspicaces. Los tres se conocieron en un colegio católico, donde eran los más demoníacos del lugar y a los que más les iba la juerga. Corrieron muchas copas y una sonrisa empezó a cruzarme la boca, de oreja a oreja. Yo fui poco a poco perdiendo la capacidad de atención sobre la conversación. Llegaron más clientes, eso sí lo sé, pero que tardé horas en ver al tal Petrós por primera vez puedo asegurarlo. Traía consigo algún tipo de sorpresa, por lo visto. Cuando llegó, le quitó la gorra a Jero y se la clavó en la cabeza. Todos los cambios y negocios que le convenían en ese momento los hizo casi sin pestañear. Y enseguida nos hicimos colegas. Su forma de hablar de las coas, como si fueran livianas y no importaran nada y como si él tuviera dos mil años. Al fin, la conversación volvió a un tema concreto.
- ¿Dónde has estado esta noche? Llevamos un buen rato aquí.
- Por donde el ferrocarril. Pasé por los cepos y me encontré unos cuantos perros muertos enganchados. Pero no los ha matado el cepo, como me suponía, sino que han muerto de sarna y después alguien los ha ido enganchando ahí. No sé si son peores los cerdos o los perros sarnosos.
Los tres hombres levantaron las copas y las chocaron. Petrós se buscó un taburete y se sentó a mi lado. Empezó a darme golpecitos hasta que dio cuenta de que estaba retorcido por las copas que me había bebido.

De repente, bajábamos caminando por una cuesta con piedras que se reía de mí cada vez que tropezaba en un tramo, porque no era capaz siquiera de mantenerme en pie. Tampoco conocía del todo al tipo que me había dado la yerba, pero era la persona más amable que había conocido en toda la noche y el único momento agradable que tenía, así que me había dejado seducir, olvidando que ya estaba hecho un carroza y que tenía otras cosas que hacer al día siguiente. Como lamentarme de cosas que no había podido terminar, o no terminar mi trabajo a tiempo.
El tipo me arrastraba por la pechera calle abajo. Sé que yo había cumplido el cupo de alcohol que podía beber y que en determinado momento me había dicho a mí mismo que no podía más con eso. Me iba dando golpecitos con un anillo de metal en los mofletes, enrojecidos por el vino y el calor del local del que acabábamos de salir. Habíamos salido por los pelos airosos. Cuando entramos, media hora antes, acabábamos de huir de un hombre vestido con un gorro de marinero y una pipa que no había dejado de llenarnos el vaso durante horas. Sé que llevaba sin venir a este local desde que tuve que hacer un artículo, también para el periódico, sobre vandalismo callejero y las bandas adolescentes. Por lo visto mientras yo me dedicaba a escribir artículos de mierda, había chavales de mi edad pegando a inmigrantes y rajándoles esvásticas en la cara, dándole un poco a la coca y pasándoselo bien mientras cabreaban al personal. El tema es que habían pasado veinte años, yo había dejado de trabajar para el periódico, escribía esquelas y anuncios de ventas de segunda mano y el vandalismo callejero había incrementado, pero ahora eran hombres veinte años mayores a los que no dejaban entrar en ningún sitio. Salvo allí, claro.
Nos sentamos en la mesa del fondo. Ya nos daba mala espina cuando entramos, pero el vino nos había anulado suficiente como para demostrar el miedo habitual y parecíamos capaces de hacer cualquier cosa. Petrós, mi colega, un judío griego de metro ochenta, con un delantal de cocinero y una bomber verde (había salido de trabajar sin tener tiempo de cambiarse de ropa), se sentó con las piernas abiertas mientras pedía un vodka blanco y me miraba fijamente.
  • ¿Te gusta el sitio? – me preguntó.
  • No es mi sitio favorito de todos los que he estado, creo. Pero no está mal.
  • Pero mira que eres embustero. Este es un local de mierda.
Lo era, de hecho. Tenía unas cabezas de animales disecados en las paredes, estaba pintado a brochazos verdes, verdes como los cuadros de Hopper, el tipo de la barra tenía bandejas de pinchos y tapas pasados con film transparente para intentar fingir que se podían masticar. Jarras sucias sobre la barra y decoración de todas clases en las botellas; figuras de querubines negros que sonreían como si nunca hubiesen percibido lo jodido que es recoger algodón al sur de Estados Unidos (a latigazos se olvidan las cosas), figuras de porcelana de payasos desteñidos, perros sin cabeza y pegatinas franquistas tapadas con otras pegatinas franquistas más actuales y mejor pintadas. El hombre que lo regentaba tenía pinta de escupir en los vasos cuando servía las copas, dependiendo desde dónde vinieras. Petrós pidió un par de botellines, para no tentar a la suerte. Limpió la boquilla de los botellines con el mandil limpio antes de invitarme a beber.
  • No hay nada más abierto a estas horas.
  • Ya lo suponía.
  • Pero la cerveza es barata, y la música no está del todo mal. El tío que lleva esto siempre ha tenido muy buen gusto musical desde que era crío.
  • ¿No tiene nada en contra de que la gente que lo cante sea negra?
  • No tiene que mirarlos a la cara mientras los escucha, así que no le preocupa demasiado. La versatilidad del racismo. El día que le contaron de dónde venían las canciones de Elvis casi le da un infarto, y desde eso ha decidido dejar de buscar las cosas y dedicarse íntegramente a servir copas.
Me eché a reír. Me recliné sobre la mesa mientras me bebía la cerveza. Petrós empezó a liarse un cigarro sobre la mesa cuando un hombre salió pisando con plomo el suelo desde el baño. Las puertas, típicas de salón del oeste sonaron y empezaron a bambolear y asfixiar el sonido de los pies que parecían arrastrar el cuerpo entero. La sangre le manaba de la nariz como si fuera una cascada y la vena del cuello parecía una manguera con un nudo en la boquilla.
  • Va a venir la policía, igual es mejor que os marchéis para ahorraros el mal trago. Paga la casa.

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