miércoles, 26 de octubre de 2016

Crudezas aparte

Fotograma de La soledad del corredor de fondo, película de 1962.
No suelo a dirigirme a nadie cuando escribo entradas en el blog porque no cuento con la existencia de lectores en el mismo. Resulta que me viene de perlas practicar escritura y hacer reseñas de libros que estoy leyendo dado que no lo hago en exceso me parece bastante bien para tener donde poner en práctica todo lo que sé y mejorar en más campos de la escritura. No sé hacer fichas de libros, de modo que voy a hacer una especie de reseñas más o menos como voy sabiendo. Espero sean útiles de alguna manera.

Empezamos pues con La soledad del corredor de fondo. He querido empezar con este libro básicamente porque llevaba mucho tiempo queriendo hacerlo, casi me da un ataque cuando lo pude sacar de la biblioteca y porque pese a que no fue tan sumamente épico como mis expectativas me habían hecho creer no deja de haber sido una de las mejores lecturas que hecho en muchísimo tiempo y solo con eso, además de ese discurso de clase escondido en el cuerpo de un chico de 17 años me parecen una maldita maravilla sencillamente. No sé demasiado acerca de Alan Sillitoe, pero entre las pocas que sé de él es que fue un joven de clase obrera hijo de un trabajador en una fábrica de bicicletas.

Solamente con estos dos detalles es posible crear una serie de historias sobre la clase obrera brillante, creo, en todos los sentidos, ya no sólo en la forma que reproduce los escenarios, sin idealizar absolutamente nada, con la crudeza característica del momento que se vivía pero sin pelos en la lengua, es el lenguaje, son los diálogos llenos de ironía y sinceridad los que gustan, son el darse cuenta de que los obreros y vivían - podemos extrapolarlo sin demasiado problema - en la miseria y en unas condiciones de mierda, mientras las personas que aceptan e interiorizan al sistema - más o menos alienadas - les sonríen con esa hipocresía suya, al tiempo que les están condenando. Tiene un poco de eso y un poco de esperanza. soy así como una adicta a la esperanza en las persoaas Y es así como el personaje principal de la primera historia que disfruté muchísimo y la que más, con sus reflexiones internas, con sus muestras de vida, con sus propios ejemplos de haber vivido todo lo que quiso sin verse jamás ninguneado por ninguno de aquellos superiores y jefazos suyos que tanto esperaban de él como consigue escapar de ellos al final de todo y enorgullecerse del lugar que le crió, no dejando después de todo que sus condiciones de vida ayuden a otros a convertirlo en otro maniquí más a su servicio.

Y así es como se crea la mejor síntesis, la más preciosa y caótica que ha hecho que quiera comprarme el libro y que quiera saber tanto sobre la época y el modo de vida, porque de alguna manera la gente pobre siempre es la más olvidada y con el romanticismo literario o sin él, es necesario saber qué eran las cosas que les preocupaban a los de antes para saber qué cosas les preocupan a los pobres de ahora.
Me alegro mucho de no haberme quedado con el título de Los Chikos del Maíz y haberme aventurado a buscar mucho más allá de la película - que aunque solo trata el primer relato de todos creo que generalmente es bastante fiel y capta la esencia de lo que Allan quería reflejar en estos relatos de miseria humana.

Y para seguir, cambio totalmente de ambiente. Me muevo desde Notthingam hasta París, donde Amélie Nothomb cuenta una de las historias que también llevaba meses buscando para leer y que encontré maravillosa junto a decenas de libros de la autora en la biblioteca.

No puedo ni de coña hacer una comparativa entre las dos lecturas sencillamente porque no me parecen cosas comparables como obras literarias (les separan estilos, geografías, narrativas) muy distintas así que voy a dedicarme meramente a contaros por qué Ácido Sulfúrico me parece una barbaridad (en todo el sentido positivo del libro que es posible). Me parece conveniente contar el cómo la historia que cuenta viene a ser una distopía en la que se juntan la televisión y las ganas de emular un campo de concentración monitorizado las veinticuatro horas del día y en la que el público pueda, llegado cierto punto del libro puede permitirse la potestad de elegir quién tiene más derecho a vivir. No se trata solamente de la situación que Amélie nos deja a placer siendo conscientes de cómo no podemos hacer nada ni permitir que el tiempo avance ahí dentro, sino que además relata con todo lujo de detalles la clase de vejaciones que se llevan a cabo entre las personas escogidas y la misma tensión que existe cuando el personaje principal y adorado por toda la prensa Pannonique se expone con su característica inteligencia e inocencia a la furia despiadada de los funcionarios del campo, los kapos, entre los que estará Zdena y que establecerá un lazo más que curioso donde parecía que no podía brotar siquiera la hierba. Son geniales desde los diálogos hasta cómo está creada la tensión, hasta hacer que te ponga enferma que siga girando la rueda, pero agarrándote al morbo con la humanidad de siempre  y dejando como final algo que no me convenció pero que no habría sabido cómo resolver de ninguna manera.

Y termino también con Amélie Nothomb. En este caso, Cosmética del enemigo; no me dejó a priori tan desconcertada como Ácido sulfúrico, son dos contextos diferentes y dos escenas, dos transcursos, distintos órdenes en lo que a sensaciones se refiere, dos finales. Pensé que si de buenas a primeras no me había saltado a la cara, probablemente no lo haría más tarde. Y me equivoqué.

Cosmética del enemigo me recuerda en esquema al planteamiento de El Club de la Lucha y ligeramente al que sucede también en la serie Mr.Robot. Cosmética del enemigo es como sentarte a charlar con una pesadilla recurrente, si se pudiera personalizar de alguna manera. Es mucho más que el morbo que puede transmitir ser consciente de los acontecimientos dentro del campo de Ácido Sulfúrico, las palizas, los asesinatos perpetrados ahí dentro no importan. Aquí no hay forma de evitar el dolor y el horror, y es puramente psicológico, es frío y no busca el morbo. Lo peor es que no puedes dejar de saber. Lo peor es que tienes que seguir bajo el relato, para completar los detalles y para conocerlo todo. Y el resultado es bestial. Brutal. Es la incredulidad del miedo y la irrealidad, el puro shock. Es el encuentro con las partes más oscuras de ti misma aunque sea más un encontronazo que una simple cite y cargue consigo todo el miedo que puedas imaginar. Pero lo sientes real. Sientes cómo esa persona desconocida que abarcó a otro hombre desconocido esperando para tomar un avión, queriendo solamente leer, se encuentra cara a cara consigo mismo y al mismo tiempo cara a cara con la muerte. En frente de un espejo purgando sus pecados y atendiendo a su propia confesión desde la distancia. No puedo reproducir con un simple comentario lo que representa Cosmética del enemigo  por si solo, así que ni mucho menos puedo ser capaz de representar todo lo que ha sido para mí durante esos días en que llegué a leerlo. Fue mucho más que leer un relato crudo de una vida, mucho más que quedarme en lo desagradable del asunto, en la sangre del suelo de una persona que tiene un accidente de coche, va más allá del terror. Supongo que por eso cerró bien el haber leído casi de forma consecutiva la locura que irradia la prosa de Amélie Nothomb. Y eso que ahora no necesito más de ella. Pero pasó con pena y con gloria delante de mí.Triunfante. Y por eso es una lectura que es difícil que olvide.

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