jueves, 25 de agosto de 2016

El aire de la noche entumece las calles. Es más fácil pasear por ellas solo si uno se adapta y asume este entumecimiento como algo propio y no generado. Sin negar la realidad de las cosas y siempre hacia delante, uno adopta enseguida una nueva perspectiva de la ciudad, la ciudad que sea, si permite integrarse en el movimiento que hacen sus partes. Si uno se adentra en el mecanismo de una ciudad, es cuestión de días el funcionamiento de una ciudad se convierte en el reloj biológico de una sola persona. Cada día y cada vez extendiéndose de forma más pegajosa al resto.
A este nuevo reloj biológico se unen, como por arte de magia, otras nuevas actividades si uno quiere integrarse en la ciudad. Y es que debajo de las calles, justo debajo de esa capa preciosa y cargada de luminosidad que irradian para el turista, queda la suciedad de la tierra fétida para el visitante. Queda la grava derretida y los adoquines rotos. Quedan los vapores de las alcantarillas, la basura acumulada bajo las ruedas de los coches estacionados, los precios altos de las postales y la empatía de la ciudadanía local. No es que suela llegar (menos aún nutrirse de esa magia que los turistas siempre creíamos que existía al principio) pero si uno observa lo suficiente aprecia cómo de vez en cuando los ojos de la gente se despegan de la goma de sus zapatillas para preguntarse si los demás tienen una suela sobre la que caminar.


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