jueves, 25 de agosto de 2016

(1) hilo de tripa


"Justo después nos miramos por última vez. O por primera. No lo sé."
Habían pasado años desde la última vez desde que pudiéramos vernos. Ya no estábamos desesperados como la primera vez que lo hicimos, en primavera, muchos años antes. No nos recordábamos de la misma manera. Habíamos cambiado mucho. Yo me había unido a una guerrilla organizada por todos los vecinos del pueblo que querían acabar por su cuenta con los soldados, unos tipos armados llenos de medallitas que nos quemaban las cosechas. Ella, me dijo, se había unido al equipo de enfermería por obligación de su padre, para aprovechar su buena mano con el hilo y las agujas. A las mujeres del pueblo no las habían educado, como era habitual, en la pelea, pero estaban lo suficientemente cansadas de pasar hambre y calamidades como para no plantearse hacer todo lo posible por mantener sus logros. Sus casas. Su trabajo.
Incluso las había que al final acababan con un fusil en la mano, aunque no hubiesen utilizado uno en su vida antes. Liberaron a las familias de un desastre que nunca eligieron. Ella era de las libertarias, según se denominaban entre sí. Lideraba la organización de la enfermería y mandaba al frente a todas las mujeres que se ofrecían y que podía meter en los batallones. No descansaba. Nunca. Daba vueltas por todos lados, con las agujas en la mano, cosiendo a los heridos piel y medallas, haciendo remiendos para mantas, símbolos. Me decía que simplemente se las habían apañado. Y habiéndoselas apañado nos habían salvado a todos.

Era así de cierto. Por muchas ganas que tuviésemos de salvarnos a todos, de salvarlas a ellas, de salvarlo todo, los soldados nos ganaban en demasiadas cosas. Tenían armas de verdad, equipo de verdad, jefes de verdad, comida de verdad. A su lado nosotros éramos simplemente sombras de soldados con muchas ganas de pelear. Siempre empeñados en demostrar a todo el mundo que teníamos la capacidad de combatir contra los fuertes, incluso en minoría, incluso en la debilidad.  Las mujeres demostraron no sólo tener la fuerza que a nosotros nos faltaba, sino las agallas y los medios para sofocar a las tropas. Nunca tuvimos demasiado tiempo para hablar de nosotros cuando terminó todo aquello. Veníamos de un pueblo pequeño, pero la labor era demasiado grande para que nos mantuviésemos ocupados en cosas que más tarde tendríamos que echar de menos inevitablemente. No íbamos a echar de menos la guerra, fue en lo único que coincidimos del todo cuando volvimos a encontrarnos. Quizá sí los gritos de las personas que por una vez en la vida se sentían del todo liberadas, pero no esos que seguían cuando una bala se les alojaba en un sitio complicado.
Me contó que por las noches, cuando conseguía pegar ojo, los gritos de esa gente le atacaban pidiéndole que los cosieran a su boca.
-  Las bocas estaban llenas de sangre y yo no sabía cómo pararla. Era una hemorragia de esas que sabes que no puedes curar, una herida tan profunda la de quedarse sin voz al morir que me atormentaba y me echaba la culpa de que no pudiese hacer algo más. Pero yo no sabía qué más hacer.

Nunca me quedo del todo tranquilo sabiendo que he terminado viviendo mientras muchos otros se comieron la tierra que estuvieron trabajando toda su vida. Que además tuvieron que defender de quienes solamente buscaban su temor y sumisión. Ahora tampoco nos queda nada a los que nacimos en esta tierra y busco por todos los medios volver a sentir algo como lo de aquella primavera. Simplemente por tener algo que no esté ensuciado por todo lo que hemos tenido que pasar.
La última vez que nos vimos intenté refugiarme en lo que creía que era un recuerdo de un pueblo en paz, pero en el momento del beso sentí cómo volvían otra vez las balas a las fachadas los cuerpos de los niños por el suelo, y tratando de huir, no sólo de aquella sensación, sino del recuerdo, del pueblo y de la tierra, me fui tan lejos que al recobrarme sentí que ya no podía volver, y que era demasiado tarde para buscar el amor donde abundaba tanta necesidad de pan. No nos llenamos el espíritu, nos pedimos perdón por tener que sufrir todo aquello siendo tan jóvenes y sentimos compasión el uno por el otro.
Y no supe reconocer si era la primera vez que la veía o la última, pero en cualquier caso, tampoco importaba demasiado. Nos unían ya demasiadas cosas. Demasiado hilo de tripa cosido para las balas y las puñaladas.

foto: Manuel Álvarez Bravo

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