viernes, 26 de febrero de 2016

domingo de arte v aunque es viernes

No sería la primera vez que me miro al espejo y no me conozco. Es una sensación extraña la de mirarse e introducirse a uno mismo por primera vez. Te miras como lo haces con todas las cosas y descubres. Descubres que tienes una arruga terrible en algún punto de tu cara o que el acné sigue haciendo estragos por ella, a pesar de que tendría que haberse marchado y cerrado con llave. Ves ese lunar, que se une a la interminable lista de los interminables a los que ya estás acostumbrada cuando cruzas los brazos y que habías confundido con una mancha hace unos días. Ves esos dientes que tanto dolor les causaron a las carteras de tus padres, volviendo a torcerse, como la rama de un árbol hace cuando nadie la sujeta en su crecimiento y en su fluir natural, rompiendo la armonía de una línea perfecta y esmaltada, que es más amarilla que blanca y a la que no quieres someter. Miras los ojos, en los que siempre has intentado buscar un hueco por el que mirar hacia dentro y aún no lo has encontrado, aunque hayas tenido la sensación de que otros ojos, más allá de los tuyos mismos, te miran desde alguna parte. Ves las partes de tu pelo sin teñir, queriendo hacer un amalgama de color atractivo, sin ser capaz jamás de llegar lejos.
Cuando te das cuenta, te has cansado de echarte errores encima, y dejas de mirarte. Quiero decir, que dejas de mirarte de la misma manera en que lo hacías con desprecio y con realidad, aferrándote a que te componías de piel seca, de heridas, de acné, de ojos, de dientes amarillos, de pelo y empiezas a pensar en que eres una persona. Que respiras. Sí, respiras. En que tomas aire sin querer de él y lo usas y vuelve a pasar por ti y a marcharse. Y en que hablas. En que puedes articular palabras y querer decir cosas sobre todas las cosas que te rodean, en que puedes chillar y quejarte de todo y puedes balbucear para acompañar el llanto, que puedes pedir perdón, permiso, abofetear y dejar que seas tú el abofeteado.
Y en que miras. No hablo de que te mires. No hablo solamente de no conocerte. Hablo de mirar, como se hace con todo aquello que necesita ser analizado y comprendido, pero al mismo tiempo apreciado, dejado, odiado, jamás cambiado y conservado. Como cuando miras un cuadro de arte abstracto y te das cuenta de que no sabes lo que estás viendo y ni siquiera si es bonito, pero te gusta, o lo detestas y lo harías mucho mejor. Miras. Aceptas. Apremias. Asimilas.
En ese momento dejas de mirar hacia ti, que no mirarte, descubres que ya te conoces. Y que escondes muchas cosas de vez en cuando. Cosas que se reducen a mucho menos que lo que tienes delante y que al mismo tiempo, son capaces de llevarte mucho más allá. Si fueras capaz de mirarte así todos los días de tu vida, es probable que, después de todo este tiempo, volvieras a encontrarte a ti mismo con tus pequeñas cosas odiosas. Por eso no suelo mirarme mucho al espejo. Es imposible desnudar la mente hacia ti mismo y no sentir un poco de pudor al principio. Con el tiempo, uno se va acostumbrando.

Doble autorretrato. Egon Schiele. 1915. Acuarelas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario