martes, 3 de abril de 2018

4. Un relato sin adjetivos

Hombre, sombrero y manchas. Mide algo más de 180 centímetros de alto y viste una gabardina con cuello. La piel le reluce bajo la luz de las farolas, que le tiñen la piel con un resplandor conforme pasa bajo ellas. Al colocarse debajo, cierra los ojos con la sensación de que la luz va a atravesarle la piel de un momento a otro; siente cómo le calienta las manos. Siente que va a desvanecerse de un momento a otro convertido en fragmentos de polvo y de hueso. Como un cometa. De esta forma surgen a su vez en las baldosas del suelo, sombras con las que también se deleita, al verse convertido en una sombra que lo abarca absolutamente todo en ese callejón. Esos trocitos de sí mismo que ha perdido al transformarse en sombra son los mismos que le hacen perder la identidad con esa forma como de andar por casa, es lo que piensa. Y al tiempo, no sentir culpa de ser solamente un tipo con gabardina integrado entre las sombras, que teme a la luz del día y que se disfraza de detective para poder justificar sus propósitos, con cierta falta de ortodoxia, por otro lado.
Hoy tampoco sonará el jazz en el bar de Railey y volveremos a casa antes. Quiere pensar que su estado de embriaguez lo disfraza y lo humilla hasta que deje de parecer sujeto de peligro. Ojalá tuveira un taxi - suspira - o un sitio con decencia para poder dormir. Los taxis siempre le han gustado. Su padre condujo uno durante décadas y le enseñó a defenderse de los chulos y los maleantes, y la comodidad que rezuman ciertos taxis, sobre todo cuando se pasa cierto tiempo sin dormir.
En realidad, no hay tragedia en dormir a los pies de una farola. La miseria entre los coches y él está equilibrada. Quizá con un poco de suerte mañana también haya jazz. Nadie puede prever esa música. Es como la muerte.

viernes, 23 de marzo de 2018

03. Fanfic de tu libro favorito con los personajes como animales



Osos y lobos arrastraban cuerdas que les quemaban la piel. El calor de las máquinas les había quemado el pelo convirtiendo su cuerpo en una masa de carne enferma. Llevaban el uniforme de la fábrica, unas gorras con las que el sudor se les les pegaba a las heridas producidas por las grietas, los accidentes laborales sin cubrir, y otros inconvenientes de último momento. Después todos, o casi todos,  irían a los pubs nocturnos a beber un par de cervezas. Ollie, un pastor alemán, acababa de ser padre, y aunque no tenía del todo claro si podría mantener a sus cachorritos, tenía los nervios tan jodidos que como montara una sola lavadora más, pensaba suicidarse metiéndose en ella y dándole a girar.
Dentro de los que trabajaban en la planta de ensamblaje de piezas había varios grupos, como en todos lados. A los perros no podías meterlos con los gatos, ni con pájaros, ni con los osos.
En el grupo de Ollie había además varios tipos de perros: un beagle, Miles, un cocker americano, Alan, un pastor alemán, Mike, y un corgi galés, Ed.
A Miles lo tenían rellenando albaranes y gestionando la oficina, hijo del encargado y no muy hablador y fumador en exceso, al que le gustaba jugar al cricket. Alan, trabajando en tornos codo con codo con Ollie, tenia el pelo precioso pero tan largo que tenía que llevar uno de esos gorros de cocina de los comedores. El pastor alemán se dedicaba a la seguridad y sobre todo, a estar de mal humor y leer el periódico y sentirse desdichado por tener una familia a la que alimentar. Y le picaba el uniforme, así que siempre estaba rascándose de mala manera. Ed llevaba carretillas y era el chico de los recados. Bastante joven, acababa de dejar la escuela (y casi de alimentarse de su madre).
También había un par de lobos que se juntaban porque era lo más similar a su especie que podían encontrar por allí. Eran hermanos. Fred y Alexander, o Alex, para los amigos. Los dos eran ejemplos de las carencias de pelo que se destilaban por allí y Fred, directamente, tenía una gran herida debajo del ojo ciego. Una pistola de grapas y muy mala hostia, para resumir.
En los descansos, jugaban a los dados y al Seven Up y los fines de semana, salían por los pubs a beber cerveza y a olvidar que estaban casados, o a intentar llegar al matrimonio. Las mujeres burguesas ni se les acercaban, pero se paseaban por allí vestidas de pieles de zorro y con perfumes y pendientes caros. Las de su clase, eran muy bordes o ya estaban casadas. Y entretanto, habían agotado sus capacidades para poder tener una conversación de más de dos palabras con una hembra. Estaban tan cansados llegado el viernes, y al mismo tiempo, tan llenos de adrenalina y cerveza, que parecían los trenes de mercancías que pasaban por las ventanas sucias de la fábrica. A veces llevaban lavadoras y otras veces soldados, como si fueran vagones de ganado, que saludaban a todo ser humano que se movía.
Como contaba, Ollie acababa de tener un crío hacía poco. Todavía era demasiado joven para tenerlo y ni siquiera estaba seguro de poder mantenerlo. Su esposa, trabajadora de una tratadora de telas, tenía la sensación de que era la única cosa que podrían hacer en la vida que les hiciera felices, pese a que cuando llegara a los dieciséis años tuviera poco donde elegir. De hecho, con la maternidad de ella, que no podría volver a incorporarse a su puesto, ni siquiera podría elegir nada.
Eso había creado en su hogar una rutina muy concreta, consistente en dar vueltas por la cama y tener pesadillas en las que tenía que pagar facturas que estaban en la cocina, que estaban en la cocina de verdad. Imaginaba que se moría, y dudaba de si era mejor no conseguir dormir en toda la noche, o alargar sus pesadillas diarias. En dirección a la fábrica, el olor de la grasa, el carbón y el pan de un horno de leña cercano, lo volvían a despertar y a sentir el uniforme de trabajo sobre el pelo y las patas. Y aunque seguía sintiéndose desdichado, pensaba en que pronto se acabaría la guerra, en que tenía una esposa preciosa y en que tendría un momento para poder beber cerveza con sus mejores amigos. Tener un hijo, además, le llenaba de orgullo y de unas ganas de vivir que no había tenido desde hacía muchos años.
Aquel día, el supervisor de la planta le dio una paga extra y una palmadita en la espalda. El día transcurrió con un par de incidentes; los viernes la gente solía estar quemada por la semana, y más cuando les habían subido las cuotas para el próximo mes. Los ricachones de las urbanizaciones deseaban tener lavadoras nuevas, y cuando no, tenían que fabricar piezas para rifles de asalto que seguramente habían pagado los tipos de las lavadoras. Un tío que trabajaba a su lado se hizo un corte bastante importante en la palma de la mano y un par de panolis se pusieron a discutir en la hora de la comida. A algunos les gustaba más que a otros llevar armas al frente. Y los perros no se llevan muy bien con los gatos tampoco.
-          ¿Por qué tenemos que seguir construyendo piezas? ¿Es que no hay suficientes armas en el frente ya? ¿Qué le voy a decir a mis hijos cuando sean mayores? ¿Trabajé haciendo las armas que matarían a tu familia?
-          Mira chucho, nosotros no matamos a la gente. No fabricamos armas porque nos guste, sino porque necesitamos dar de comer a nuestra familia, y todo el mundo lo sabe. Lo sabrán antes o después. Además, estos tíos están luchando por nuestro país y deberías estar agradecido.
-          Agradecido, sí, agradecido. Pero en qué coño nos hemos convertido ahora. El eje de la civilización es Inglaterra. Me río sobre todo esto. Esa gente no quiere combatir. No saben combatir.
-          Pues aprenden. Y nosotros tenemos que serles útiles. Tenemos que demostrar que estamos ahí para ellos. ¡Somos la fuerza de Inglaterra! – dijo el gato, agitando su hombro musculoso, con los ojos brillándole con emoción.
-          ¿Sí? ¿A cuántos de tu familia han mandado al frente, Billy?
-          Veamos…Macy, John, a mi hermano, mis dos primos, un sobrino. Yo no podía ir porque tengo las patas demasiado planas.
-          ¿Y a cuántos de los tíos para los que fabrican han mandado al frente?¿Sabes cuánto importa que se muera tu familia? ¿Quieres que te lo diga?
-          No hables así de mi familia, no, eso no te lo tolero.
-          Cuando tu hermano esté desangrándose en una trinchera, como un estúpido, podrás sentirte glorificado por Inglaterra, hasta que te des cuenta de que no lo vas a ver nunca.
Cabe decir que esta discusión acabó a mordiscos entre los dos. Pero el gato entendió bastantes cosas, porque enseguida dejó de mirar con los ojitos brillantes al encargado de planta y empezó a perder la mirada, como haces siempre que llevas trabajando un tiempo prolongado debajo de una máquina de ensamblaje.
Con la emergencia de los trabajos para el frente, ese día estuvieron trabajando hasta las seis. Para entonces se habían racionado los cigarrillos para las pausas y habían perdido toda la calderilla posible jugando al Seven Up entre horas, y apostando al fútbol que sonaba por la radio en un cacharro que se paraba a cada tanto. Las chinas y trocitos de carbón se les clavaban en la carne, como perros enfermos y a las seis, cuando las jovencitas empezaban a salir y empezaba a refrescar, salieron para celebrar el nacimiento del niño a un pub del centro, que servía buenas raciones de comida y algo de música. Algunos de aquellos hombres bebían black and tan’s, otros pintas de cerveza negra, los más valientes habían pasado al destilado directamente. Alan, el perro con el pelo bonito, ya había atraído a unas cuantas muchachas, pero estaba tan agarrotado que se abrazaba a su cerveza como si aquel vaso con curvas fuese el único cuerpo que iba a tocar esa noche.
-          Eh, Miles, buen tanto de tu padre al pagarle a Ollie las birras, ¿eh?
Miles estaba pasando unas jugadas de cricket en una servilleta con un pitillo en la boca. Sonrió y arqueó las cejas, y automáticamente dejó de escribir.
-          ¿Tú crees que has sido mi padre, no?
-          ¿Poder de convicción de hijo primogénito?
-          Quería escupirle en la mano, pero le he recordado que él también fue padre alguna vez en su vida. Y por alguna razón lo he convencido para que le dieras de comer a tu chaval.
-          Bloody bastard!
Ambos perros empezaron a reír. Alan se abrió paso por la mesa y juntó las cabezas de sus compañeros.
-          Bueno, camaradas, parece que me esperan dos chicas de lo más agradables, ¡hagan sus apuestas!
-          Yo digo que no vuelves a comerte un rosco en lo que te queda de adolescencia -- dijo Mike, que pasaba un gran periódico delante de él. Era de los que habían pedido whisky. Gozaba de una imagen de padre soltero, a pesar de que estuviese recién casado.
-          Por lo menos volverá a comerse un rosco. ¿Cuánto hace que no vas con tu señora a buscar algo que sea un bebé? – Alex, uno de los lobos. Las mujeres no se le acercaban por resultarle demasiado baboso. Unos dientes demasiado grandes.
-          Si no pueden servirme de mano de obra no los necesito ahora mismo. Tengo un estatus que mantener – mantuvo, en una mezcla entre seriedad y sarcasmo.
Alan volvió en búsqueda de la atención para la que había venido, se recogió un poco el pelo, terminó su black-and-tan y se levantó de la mesa como si le acabasen de patear el pecho y necesitase venganza. Lo único que necesitaba era un poco de marcha.
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martes, 13 de marzo de 2018

nostalgia

Llevo años sin escribir poemas. No sé ya lo que son. Sé que los escribía para mí, sé que hace mucho de aquello. Sé que es la única vez en mi pobre juventud que escribí para mí, completa y llanamente, la única que vez que toqué la autocomplacencia. Que los ojos de los demás me dieron igual. Que no había un cóctel de ojos que me miraba, que sentía mi ser completamente mío. 
hoy he estado leyendo a un poeta que me gustaba. me ha recordado mi conocimiento de la sensibilidad. creo que está bien recordar las cosas esenciales de cada uno. nuestras características esenciales nos hacen humanos. también me he acordado de la sensibilidad viendo una película de sofía coppola. me hace sentir que vivo en el mundo. hace mucho tiempo que no salgo. estoy tan desvinculada del mundo que me da miedo hasta teclear.

martes, 6 de marzo de 2018

2. Tu peor noche desde el final hasta el principio



Parecía que me estaban pateando el cráneo. El efecto de la marihuana me mantenía con un pie en el suelo para mantener el único contacto posible con la realidad y el alcohol había convertido mi boca en un estropajo que me daba náuseas. Lo primero que fui capaz de hacer fue intentar reconocer donde estaba. Enseguida lo supe. Todo lo que quedaba de mi sombrero se había convertido en un cubo de vómito que me miraba desde el suelo y me hacía entender por qué estaba tan limpio. Todo que ver con la marihuana. Nada que ver con el grupo de nazis sangrando después de haberse bebido dos copas cada uno. Todo que ver con las botellas de vino barato que había estado bebiendo durante horas mientras hablaba de lo mucho que odiaba mi trabajo. Odiaba mi trabajo y lo sigo odiando, pero he vuelto a escribir después de muchos meses en los que me limitaba a hacer artículos sobre comida rápida y hoteles de mierda que ni siquiera me dejaban dormir allí del todo gratis.
La marihuana la tenía un tipo que había conocido esa misma noche. Llevaba sin fumarme un canuto desde los 20 años, una vez que quería ligar con una chica del periódico en el que estaba trabajando de voluntario escribiendo relatos semanales. No sé en qué pensaba del todo cuando me puse a fumar, porque con veinte años ni siquiera conseguí ligar con aquella chavala aparte del hecho de que me dejara la cara como un cristo. Recordé una frase que había leído en un relato sucio.“Days like lost dogs”. 
(...)
Apuré el cigarro como si no hubiese probado uno durante años, a pesar de que solamente habían pasado unas horas del último. Tenía que entregar un relato antes del fin de semana y aún no había escrito nada. El trabajo me mantuvo con suficiente fijación mecánica a una maquinaria para que pudiera pensar en cómo resolverlo. Solamente tenía que meter las manos en una máquina, usar un pedal, y coser kilómetros de tela y saber cuándo cortarla, en una nave congelada, rodeada por máquinas iguales con hombres con las mismas pintas.
Me metí en un sitio a tomarme una copa de vino, por si me refrescaba la cabeza un poco y encontraba la inspiración y la tranquilidad que buscaba. Descorrí una cortina pesada para entrar a un local. Llegué allí de casualidad, con pocas indicaciones, y llevado por el cansancio del trabajo y la necesidad de escribir, como digo. Sonaba de fondo otra cortina, de música jazz, mucho más tenue, y con voces femeninas y rasgadas. En las paredes había grandes reproducciones de cuadros que llevaban inmóviles décadas y en los estantes del local, estatuillas decorativas de todas las clases, con perros de porcelana que movían la cabeza y algunos libros con portadas desvencijadas y fotos con viejos amigos, con capas de polvo que pasaban el tiempo sin inmutarse.
Suspiré y me senté en una de las mesas. El local estaba completamente vacío cuando entré; entendí que seguramente podía deberse a que coincidía el que abrieran a que yo hubiese salido de trabajar. De hecho ni siquiera había podido darme una ducha en condiciones, aunque me mantenía lo suficientemente acondicionado para no ahuyentar a mujeres y conversadores, pero la sensación de soledad se hacía aún más grande al hacer estas consideraciones.
No había una barra como tal, sino una encimera y un mostrador, que recordaba a una charcutería de los años 60, y en su interior, junto al equipo de música, un hombre fumando un purito mientras leía un gran periódico con toda la calma del mundo. Levantó la vista y se me quedó mirando. Se tomó el mismo tiempo para atenderme que había tomado para pasar las páginas del periódico. Llenó dos copas de vino tinto sin levantar la vista del papel y me preguntó si la música me parecía bien. Asentí, no sabiendo muy bien si servía para algo darle algún tipo de señal. Todo el día estresado me hacía imposible escribir nada de lo que después no fuera a arrepentirme. En su lugar, decidí que era buena idea, ya que había cobrado por una vez a tiempo, gastármelo como habría hecho Arthur Seaton en la mayor cantidad de alcohol posible, para intentar redimirme de algo que odiaba tanto como las máquinas de coser de una cadena de producción. Pensar en ligar con una mujer en circunstancias como estas me parecía trabajo imposible, así que cargué sobre mi espalda las suficientes copas para aclimatarme y, como mínimo, ser capaz de saludarlas sin parecer un gilipollas.
Entretanto, el barman había dejado de leer el periódico y se había puesto a prepararme una tapa, con un palillo en el bolsillo. Mantenía su estilo primigenio. Lo habría mantenido incluso si llevase una de esas gorras de charcutero de los años 60. Se veía mucho más comunicativo que cuando entré. Me pregunté si me habría estado leyendo la mente, porque llevaba un rato mirándome de forma intermitente. El plato hecho, me hizo un gesto para que me acercara a la barra, en lugar de venir hacia mí. Durante unos segundos, tuve la sensación de haber olvidado cómo se andaba derecho, pero llegué allí con más decencia y gracilidad de la esperada.
  • ¿Se encuentra bien, caballero? Esto es para usted.
Me limité a asentir y empecé a comer con fruición hasta darme cuenta de que después de toda la tarde currando no había tenido tiempo de comer absolutamente nada. Con suerte empezaría a filtrar todo el alcohol un par de horas más tardes de lo que me había imaginado. Metido entre vino y charcutería clásica empecé a verme capacitado para poder articular más de dos palabras. Mis ojos fueron a parar a los cuadros que he mencionado antes, con mujeres Klimtianas y algunos de sus cuadros más famosos, pósters de exposiciones de artistas contemporáneos de entonces que se habían convertido en pequeñas reliquias.
  • ¿De dónde ha sacado esos cuadros? Parecen muy antiguos.
  • Una casa de subastas. Hace bastantes años, cuando era tan joven como lo es usted ahora. Por aquel entonces, las obras que se vendían eran de primera categoría. Nada que envidiar a las casas de subastas inglesas o americanas. Sotheby’s era un parque de juegos para niños de tres años y Klimt un aficionado al que le gustaba usar el dorado y las mujeres. Con tantas reproducciones hoy día el valor que esto pudiera tener se ha perdido hasta no tener ninguno prácticamente. Pero supongo que queda bien aquí. ¿Le gusta?
Mis únicos sonidos eran los que hacía al masticar lonchas de embutidos con las manos y al tragar el vino, del que me había bebido otras tantas copas, esta vez sin inmutarme. El barman volvió a encenderse un purito y me invitó a fumar con él. Creí haberme desinhibido lo suficiente como para poder hablar sin que pareciera un niño pequeño.
  • Le dan un aspecto elegante. De verdad se lo digo.
  • No hace falta que me lo prometa. Seguramente sea la cosa con más valor de las que hay aquí, como digo.
  • ¿Y por qué no los quita?
  • Porque tengo esperanza de que sean de esas cosas que se solucionan en algún momento. Tengo dos teorías. La primera, que la sobreexplotación de imágenes las hará desaparecer en algún momento, y tendrán que quedar documentos que ayuden a poder recuperarlas. La segunda, que se crearán nuevas imágenes por la necesidad de las nuevas generaciones, y Klimt volverá a parecer un aficionado al que le gustaba usar el dorado. Y a las mujeres.
Se hizo el silencio de nuevo, esta vez no por incomodidad, sino porque empezaron a llegar nuevos clientes. Habituales, a juzgar por los andares, la confianza y las pintas. Se acercaron a la barra y encaramándose a ella, se fueron colocando a mi alrededor. Uno de ellos vestía un gorro marinero y un pañuelo de capitán de barco, además de barba gris y larga, desaliñada, que le ocupaba gran parte de la cara. El otro, sin gorro y con camisa de cuadros remangada hasta los codos, se encendió un cigarro y pidió una copita de coñac. El tipo del bar me presentó, y después, fueron ellos. 
El del sombrero marinero se llamaba Jero, el de la camisa de cuadros ni idea, pero lo llamaban Billy el Niño por la cara de pillo que tenía a pesar de la edad, y el barman, Guillermo, aunque lo llamaban Su santidad por Guillermo de Baskerville y el parecido de ambos personajes, viviendo como si fueran dos monjes perspicaces. Los tres se conocieron en un colegio católico, donde eran los más demoníacos del lugar y a los que más les iba la juerga. Corrieron muchas copas y una sonrisa empezó a cruzarme la boca, de oreja a oreja. Yo fui poco a poco perdiendo la capacidad de atención sobre la conversación. Llegaron más clientes, eso sí lo sé, pero que tardé horas en ver al tal Petrós por primera vez puedo asegurarlo. Traía consigo algún tipo de sorpresa, por lo visto. Cuando llegó, le quitó la gorra a Jero y se la clavó en la cabeza. Todos los cambios y negocios que le convenían en ese momento los hizo casi sin pestañear. Y enseguida nos hicimos colegas. Su forma de hablar de las coas, como si fueran livianas y no importaran nada y como si él tuviera dos mil años. Al fin, la conversación volvió a un tema concreto.
- ¿Dónde has estado esta noche? Llevamos un buen rato aquí.
- Por donde el ferrocarril. Pasé por los cepos y me encontré unos cuantos perros muertos enganchados. Pero no los ha matado el cepo, como me suponía, sino que han muerto de sarna y después alguien los ha ido enganchando ahí. No sé si son peores los cerdos o los perros sarnosos.
Los tres hombres levantaron las copas y las chocaron. Petrós se buscó un taburete y se sentó a mi lado. Empezó a darme golpecitos hasta que dio cuenta de que estaba retorcido por las copas que me había bebido.

De repente, bajábamos caminando por una cuesta con piedras que se reía de mí cada vez que tropezaba en un tramo, porque no era capaz siquiera de mantenerme en pie. Tampoco conocía del todo al tipo que me había dado la yerba, pero era la persona más amable que había conocido en toda la noche y el único momento agradable que tenía, así que me había dejado seducir, olvidando que ya estaba hecho un carroza y que tenía otras cosas que hacer al día siguiente. Como lamentarme de cosas que no había podido terminar, o no terminar mi trabajo a tiempo.
El tipo me arrastraba por la pechera calle abajo. Sé que yo había cumplido el cupo de alcohol que podía beber y que en determinado momento me había dicho a mí mismo que no podía más con eso. Me iba dando golpecitos con un anillo de metal en los mofletes, enrojecidos por el vino y el calor del local del que acabábamos de salir. Habíamos salido por los pelos airosos. Cuando entramos, media hora antes, acabábamos de huir de un hombre vestido con un gorro de marinero y una pipa que no había dejado de llenarnos el vaso durante horas. Sé que llevaba sin venir a este local desde que tuve que hacer un artículo, también para el periódico, sobre vandalismo callejero y las bandas adolescentes. Por lo visto mientras yo me dedicaba a escribir artículos de mierda, había chavales de mi edad pegando a inmigrantes y rajándoles esvásticas en la cara, dándole un poco a la coca y pasándoselo bien mientras cabreaban al personal. El tema es que habían pasado veinte años, yo había dejado de trabajar para el periódico, escribía esquelas y anuncios de ventas de segunda mano y el vandalismo callejero había incrementado, pero ahora eran hombres veinte años mayores a los que no dejaban entrar en ningún sitio. Salvo allí, claro.
Nos sentamos en la mesa del fondo. Ya nos daba mala espina cuando entramos, pero el vino nos había anulado suficiente como para demostrar el miedo habitual y parecíamos capaces de hacer cualquier cosa. Petrós, mi colega, un judío griego de metro ochenta, con un delantal de cocinero y una bomber verde (había salido de trabajar sin tener tiempo de cambiarse de ropa), se sentó con las piernas abiertas mientras pedía un vodka blanco y me miraba fijamente.
  • ¿Te gusta el sitio? – me preguntó.
  • No es mi sitio favorito de todos los que he estado, creo. Pero no está mal.
  • Pero mira que eres embustero. Este es un local de mierda.
Lo era, de hecho. Tenía unas cabezas de animales disecados en las paredes, estaba pintado a brochazos verdes, verdes como los cuadros de Hopper, el tipo de la barra tenía bandejas de pinchos y tapas pasados con film transparente para intentar fingir que se podían masticar. Jarras sucias sobre la barra y decoración de todas clases en las botellas; figuras de querubines negros que sonreían como si nunca hubiesen percibido lo jodido que es recoger algodón al sur de Estados Unidos (a latigazos se olvidan las cosas), figuras de porcelana de payasos desteñidos, perros sin cabeza y pegatinas franquistas tapadas con otras pegatinas franquistas más actuales y mejor pintadas. El hombre que lo regentaba tenía pinta de escupir en los vasos cuando servía las copas, dependiendo desde dónde vinieras. Petrós pidió un par de botellines, para no tentar a la suerte. Limpió la boquilla de los botellines con el mandil limpio antes de invitarme a beber.
  • No hay nada más abierto a estas horas.
  • Ya lo suponía.
  • Pero la cerveza es barata, y la música no está del todo mal. El tío que lleva esto siempre ha tenido muy buen gusto musical desde que era crío.
  • ¿No tiene nada en contra de que la gente que lo cante sea negra?
  • No tiene que mirarlos a la cara mientras los escucha, así que no le preocupa demasiado. La versatilidad del racismo. El día que le contaron de dónde venían las canciones de Elvis casi le da un infarto, y desde eso ha decidido dejar de buscar las cosas y dedicarse íntegramente a servir copas.
Me eché a reír. Me recliné sobre la mesa mientras me bebía la cerveza. Petrós empezó a liarse un cigarro sobre la mesa cuando un hombre salió pisando con plomo el suelo desde el baño. Las puertas, típicas de salón del oeste sonaron y empezaron a bambolear y asfixiar el sonido de los pies que parecían arrastrar el cuerpo entero. La sangre le manaba de la nariz como si fuera una cascada y la vena del cuello parecía una manguera con un nudo en la boquilla.
  • Va a venir la policía, igual es mejor que os marchéis para ahorraros el mal trago. Paga la casa.

domingo, 18 de febrero de 2018

1. El argumento de tu novela es tu chiste favorito

Un jebi con botas tochas de goma, chaqueta de cuero con tachuelas y correas y gafas de sol rollo años noventa.  Fumaba un canuto como un mono tabaquero. Lo apagó en la suela de su bota y entró en una panadería.
En panadero estaba metido en la trastienda horneando bollos y otra clase de delicias, sudando la gota gorda, con el típico delantal blanco y un gorro de panadero clásico que absorbía gran parte del sudor de su frente. Oyó una campanilla y salió por la cortina de cuerdas. Se frotaba las manos llenas de levadura en polvo y trozos de masa y se iba sacudiendo en el delantal.

- ¿Qué te pongo?
- ¿Tienes pan de ayer? - pregunta el jebi, con cierto desdén.
- Ehm...creo que quedan un par de barras. ¿Te vale?

El panadero no salía de su asombro. El jebi sin decir nada, se agachó y le sacó la lengua, haciéndole un corte de mangas.

- ¡Puesss te jooodes!

El panadero seguía sacudiéndose las manos en el delantal, como si hubiese enterrado las manos en levadura.
- ¿Te estás quedando conmigo?
El tipo se puso erguido y sacó un billete de la chaquetita minúscula.
- Ponte dos. Y dos napolitanas de chocolate.
- Tengo dónuts recién hechos dentro, ¿quieres?
- Vale. Muchas gracias.

viernes, 16 de febrero de 2018

Índice de retos (reto escritura 52 semanas)

  1. El argumento de tu relato es tu chiste preferido
  2. ¿Recuerdas tu peor noche? Cuéntala desde el final hasta el principio.
  3. Piensa en tu libro favorito e imagina un fanfic, pero con animales.
  4. Crea un relato sin adjetivos.
  5. Te toca escribir un relato de fantasía épica.
  6. Vete a tu diario (papel o digital) favorito y busca una noticia rara. Escribe el relato como si fueras uno de los protagonistas.
  7. Haz un relato ASMR para que tu lector se relaje leyéndolo. Suelen desarrollarse en entornos naturales, con cuentas atrás, descripciones muy detalladas y mucha sinestesia. Si estás un poco en blanco te recomiendo que entres en algún canal de ASMR como el de Luna Cántor para entender qué es.
  8. Desarrolla un relato en el frente, en la Primera Guerra Mundial en concreto.
  9. Tienes prohibido utilizar la palabra “locura” (y cualquiera de su familia). Tu relato se desarrollará en un manicomio.
  10. Describe una pesadilla que hayas tenido, pero en tercera persona. Y sin expresar sentimientos. Ah, se me olvidaba: es de terror.
  11. Esta semana tienes tema libre pero sin descripciones: solo diálogo (y acotaciones).
  12. Esta semana toca un relato con una canción o poema como tema central de tu texto.
  13. Alguien le deja anónimos a un profesor de primaria. Aparece el cadáver de un niño en el patio. Narra qué ha pasado.
  14. Tu texto empieza con “si yo soy creyente, pero no he podido evitarlo” dicho a un policía.
  15. Escribe un relato en que tres personajes mitológicos (no importa la cultura) son los protagonistas.
  16. ¿Cuál es el personaje que más odias de la literatura? Narra una cita con él/ella en la que acabas muy enamorado/a.
  17. Busca “objeto” en Google Imágenes. La penúltima foto te presentará al protagonista de tu relato.
  18. Imagina pasar un día con la persona a la que más admiras del mundo.
  19. Piensa en tu personaje de la infancia favorito (Anastasia, Ariel, Vaca y Pollo..) y haz que haya cometido un asesinato. Describe cómo ha llegado a matar.
  20. Un relato que acabe con “Yo por mi hija MA-TO”.
  21. Te damos una frase como punto de partida y lo demás lo añades tú:”¿¡Qué hay en la caja!?”
  22. Un/a anciano/a tiene que rescatar a su nieto y solamente puede contactar con el secuestrador con un iPad. Nárralo en clave de humor.
  23. Ponte un poco escatológico y cuenta un nacimiento.
  24. Te han secuestrado y eres ciego. Tienes una hora para salir o estás muerto.
  25. Piensa en tus tres novelas favoritas. Coge al protagonista de la uno y la dos y crea una historia con ellos en el universo de la tres.
  26. ¿Qué pasaría si un dictador de tu elección fuera en realidad el bueno? Intenta ofrecer un relato irónico (por favor) sobre cómo se defendería ante el mundo.
  27. Abre un diccionario (o un libro común en su defecto) y la primera palabra que te aparezca será el arma de Chèjov de tu relato.
  28. Un relato que comienza en clave romántica, pero desde el punto de vista de un/a maltratador/a. Empieza “engañando” al lector y ve poco a poco creando esa atmósfera de acoso.
  29. Mata al chico. Literal o figuradamente, mata a esa figura infantil que habita cerca de ti, Jon Nieve.
  30. Enhorabuena, esta semana el tema es libre, pero sin utilizar una sola vez la “e”.
  31. Escribe una escena de sexo, pero narrada por un mirón.
  32. Un relato en que aparezcan las siguientes palabras: longevo, galeón, Whatsapp y uña.
  33. Mata (en el papel) al profesor que más odiaste en tu vida estudiantil.
  34. Tu protagonista tiene que ser una guerrera.
  35. Imagina que eres un personaje histórico relevante y describe el día de tu muerte con su filosofía.
  36. El aclamado apocalipsis zombi ha llegado. ¿A quién salvarás: tu madre, tu pareja o tu mascota? Solo puede quedar vivo uno.
  37. Un asesino anda suelto por tu ciudad y tienes que ayudar a la policía a atraparle.
  38. ¿Sabes lo que es la sinestesia? En tu texto tendrás que describir cambiando los receptores de los sentidos.
  39. Pon la oreja en una conversación en la calle. Escríbela en forma de relato llenando los huecos.
  40. Escribe en primera persona del plural en presente de indicativo un relato con tres tristes tigres como protagonistas. Puedes empezar con “Nosotros comemos trigo en un trigal…”
  41. Lo siento, pero vas a tener que acabar un relato con “un sueño de Resines“.
  42. Escribe el relato de una persona invisible que se cuela en su lugar favorito del mundo.
  43. Toca un relato en clave de thriller redactado en segunda persona.
  44. Escribe La Odisea, pero con un perro de protagonista. O cualquier otro animal, escoge sin miedo. Total, es tu cuento.
  45. ¿Qué pasaría si uno de tus padres matase al otro? Escríbelo en futuro.
  46. Imagina que fuera el último día de tu vida. Comienza en clave de humor, pero tienes que acabar provocando una lagrimita.
  47. Relato de tema libre pero descriptivo, sin un solo diálogo.
  48. Tu texto es el día a día de una persona atrapada en el cuerpo de otra. Lo sabe desde hace años y lo asume como algo normal, pero no olvida su vida de antes. Puedes darle un tono filosófico, psicológico, de terror, fantasía…, como quieras.
  49. Para esta semana toca un cuento de piratas.
  50. ¿Sabes lo que es la prosa poética? Pues será tu forma de narrar esta semana.
  51. Reescribe el final de la última película que has visto.
  52. Has matado a alguien y tienes que deshacerte del cadáver la noche del 31 de diciembre.

lunes, 16 de enero de 2017

no tengo un poema para esto. es muy tarde y escucho Smetana porque no quiero oír a nadie. no quiero que nadie me diga nada. acabo de tirar la toalla otra vez y estoy convencida de que tengo mis razones pero al mismo tiempo, las voces de mi alrededor me dicen que no sólo estoy equivocada, sino que además me voy a arrepentir durante el futuro durante mucho tiempo las voces me recuerdan que no estudio. salen anuncios en Spotify que no quería escuchar. me desespera. mucho. intento pensar que es un proyecto. estoy demasiado cansada. me estoy viniendo abajo. de todas formas ya me lo esperaba. soy así. va mal y no me elevo. solamente más abajo. más abajo. más abajo. no tengo miedo. es rabia de no sentirme capaz. ni tan siquiera. soy un campo abatido. soy desesperanza. no me siento capaz. me bloquea. me bloqueo. no puedo. no puedo.

viernes, 30 de diciembre de 2016

Unos enormes ojos cuelgan como si fuesen farolas a punto de fundirse

los brazos de la cobardía los acunan mientras les susurran que estoy corriendo en círculos

la ciudad se apaga y algunas luces terminan por fundirse y los nervios más rojos se enroscan aún

a algunas farolas

el frío de invierno me provoca intensas fiebres

pero no hay escapatoria

todas las luces se han apagado y lo que queda de ellas es pasto de la compasión: patea el cartón de un mendigo después de haberle echado una moneda

martes, 20 de diciembre de 2016

necesito aferrarme al progreso. hoy he tenido un mal día pensando en todo lo que dejé atrás hace algunos meses con solo irme. tengo miedo de perder la humildad y de encerrarme entre mí misma cuando jamás he sido capaz de aguantar mi fortaleza. temo que mi confusión ante todo me haga perderme esta vez sin posibilidad de retorno. me siento afortunada de todo lo que he hecho y de la forma que he querido y creo que es hora de ser consecuente. y mira que tengo ganas de hundirme y ponerme a nadar entre el fracaso. pero por alguna razón el cuerpo me pide otras cosas más (y guille, y me esfuerzo por poner en práctica sus consejos). quiero ser capaz de realizarme de alguna manera. lo necesito porque el resto está básicamente en lo que ya hago ahora encerrándome y consumiéndome yo sola entre estas cuatro paredes. quiero pensar que la compañía llegará y dejaré de sentirme así de confusa. hasta entonces necesito ser capaz de lidiar con todo esto.

domingo, 18 de diciembre de 2016

''Le marxisme comprend des milliers de vérités, mais elles se résument toutes en une phrase: on a raison de se révolter''